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La vida benedictina se inició en el siglo VI, en Subiaco (Italia). San Benito escribió su Regla para orientar la vida monástica en fidelidad al Evangelio, tratando de realizar el equilibrio entre oración, trabajo, hospitalidad y vida fraterna. Esta Regla sabia nos inspira en nuestro tiempo de posmodernidad, enseñándonos el arte de la humanización a través de la humildad en todas nuestras relaciones.
“Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro, aguza el oído de tu corazón, acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica, 2 para que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te habías alejado por tu indolente desobediencia. 3 A ti, pues, se dirigen estas mis palabras, quienquiera que seas, si es que te has decidido a renunciar a tus propias voluntades y esgrimes las potentísimas y gloriosas armas de la obediencia para servir al verdadero rey, Cristo el Señor.”
— Regla de San Benito 1,1.
La sabiduría de la Regla de San Benito se sostiene sobre cuatro pilares que han guiado la vida monástica durante más de quince siglos. En ellos encontramos un camino de encuentro con Dios, de crecimiento humano y de servicio fraterno.
«Pedimos en la oración. que se haga en nosotros su voluntad.»
— Regla de San Benito 7,20
La Eucaristía es el centro y cumbre de cada jornada, pero la oración llena nuestra vida desde antes del amanecer hasta despedirnos del día. Así, la Liturgia de las horas, junto a la Eucaristía, hacen el corazón de nuestra vocación contemplativa. Pues, la liturgia es la obra de Dios, el lugar privilegiado para escuchar la Escritura, palabra viva y eficaz. Junto a ellas, la oración personal, la adoración, la lectio divina y el deseo de vivir todo el día en oración permanente, van transformando nuestro ser en ofrenda a Dios y a la humanidad. La lectio divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Se trata de leerla y releerla, masticarla y rumiarla, fijarla en la inteligencia y la memoria, conservándola en el corazón, para llegar desde la oración, a la contemplación y finalmente a la acción. Al practicar la lectio cada día, la Palabra se vuelve nuestra compañera de camino.
“(…)Son verdaderos monjes cuando viven del trabajo de sus propias manos (…)”
— Regla de San Benito 48,8.
El trabajo es parte íntegra de nuestro quehacer cotidiano. Lo realizamos en silencio, favoreciendo así en nosotros la oración permanente. Nuestro sustento depende de nuestro trabajo, sea manual, intelectual, o relacional. Mientras la mayoría de nuestro trabajo se ejerce dentro del monasterio, hay ciertas necesidades y oportunidades que nos permiten aceptar trabajos fuera de casa.
«Se recibirá a todos los huéspedes que llegan al monasterio como a Cristo mismo.»
— Regla de San Benito 53,1.
Acogemos a cualquier huésped que se presenta a nuestra puerta, especialmente a los pobres y peregrinos. En algunas ocasiones tenemos que cerrar la hospedería para privilegiar la acogida interna de las necesidades comunitarias, sin embargo aún en esos momentos, acogemos las necesidades del otro y de la otra en nuestro corazón comunitario.
«Se entregarán desinteresadamente al amor fraterno.»
— Regla de San Be nito 72,8.
La vida de nuestra comunidad monástica en su diversidad está impregnada de amor fraterno, cuya fuente es Dios. Se trata de respetarse y soportarse mutuamente, amándonos de corazón, ayudándonos y asistiéndonos solidariamente, perdonándonos mutuamente nuestras faltas de amor, y animándonos entre hermanos y hermanas para caminar con Jesús, nuestro Pastor, hacia la vida eterna.
Cada jornada en el monasterio es un camino de encuentro con Dios, donde la oración, el trabajo, el silencio y la fraternidad se entrelazan para dar ritmo a una vida consagrada al Evangelio.
La jornada monástica se basa en un ritmo regular que facilita la pacificación del corazón a través de la contemplación, el trabajo manual e intelectual, la oración, la convivencia entre hermanos y hermanas y todo el cosmos. Acompañar a Jesús silencioso en las primeras horas de la madrugada va despertando a la creación entera.
En cada Eucaristía que celebramos diariamente, abrimos las puertas del monasterio y del corazón de la comunidad, para celebrar en torno a la mesa fraternal, con todos aquellos y aquellas que desean compartir la Palabra y el Pan de la Vida.
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La jornada monástica se basa en un ritmo regular que facilita la pacificación del corazón a través de la contemplación, el trabajo manual e intelectual, la oración, la convivencia entre hermanos y hermanas y todo el cosmos. Acompañar a Jesús silencioso en las primeras horas de la madrugada va despertando a la creación entera.
Quienes deseen están invitados a entrar en la mística benedictina en nuestra oración compartida, en la mesa, en el trabajo, en la soledad y en el silencio, los cuales convidan a escuchar al Huésped Interior.
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